Santa Ángela de la Cruz. La Zapaterita y la Giganta. Especial Corpus Christi (II)

Por el 12/06/2017

Cuentos del Corpus… Santa Ángela de la Cruz

Santa Ángela de la Cruz. La Zapaterita y la Giganta. Especial Corpus Christi (II)

(Cuentos cedidos por José Antonio Colinet para AndaluNet)

Érase un castillo de grandes puertas siempre abiertas a todos, niños y mayores, ricos y pobres, guapos y feos, con un gran patio de lunares verdes y canalillos que hacían las delicias de los niños y una torre alta, alta, alta, que casi rozaba las estrellas.

Había sido construido para el Rey más bueno y poderoso que jamás se hubiese conocido, para el Señor de todos los señores.

En el piquito más alto de la alta torre vivía una Giganta llamada Juana, calzaba altas botas y armadura, y erguía un escudo que giraba juguetón con el viento.

Nuestra amiga Juana, que era muy coqueta, se pasaba el día perfumándose de jazmines o azahares y engalanando su enorme armadura de giganta con las flores y luceros que avecillas de todos los lugares llevaban para ella, luego se miraba en las aguas del gran río que las rodeaba y de noche, cuando la luna iluminaba su piel de bronce, observaba las luces encendidas de la ciudad y gustaba de ver pasear a las parejas cogidas de la mano, soñando encontrar algún día su príncipe azul.

Pero un buen día, las parejas dejaron de pasear, la ciudad se oscureció, cada día, más y más vecinos acudían al Gran Castillo a visitar al Señor de todos los señores; pedían comida, trabajo, salud, todos con la cabeza gacha, como si fuesen culpables de su pobreza. Comenzó a sentirse desconsolada por tanto dolor como veía a sus pies y pronto olvidó mirarse en el río y cayó en una profunda tristeza.

Una mañana, el Señor de todos los señores subió a visitarla y con voz cariñosa le dijo: Hija mía, no puedo evitar la pobreza, ni el dolor de las personas porque mi reino no es de este mundo y mis arcas sólo contienen amor, pero sé de alguien que podrá ayudarles.

Magnífico Señor, – dijo nuestra amiga- ¿y les dará oro, y alimentos?

Les dará consuelo y calmará sus necesidades.

Ya sé, debe ser más rico que Tú ese Rey.

El Señor calló y con cara sonriente respondió:

Es una zapaterita.

La Giganta frunció el ceño, no lo acababa de tener muy claro, ¿una zapatera? ¡Qué cosas tenía su Señor!

En el pequeño taller, puntada tras puntada, Angelita cosía los zapatos más hermosos, mientras soñaba en lo que sería de mayor. Algunas de sus amigas no lo tenían muy claro (peluquera, cantante, escritora…, casi todas querían ser princesas), pero Angelita no, Angelita quería ser Santa.

¿Saaaanta? Decían sus compañeras de taller, vamos Angelita, jamás podrás estrenar preciosos zapatitos como éstos, ni te invitarán a las fiestas, ¡no hay nada tan aburrido como ser Santa, por Dios! Y NO TE CASARÁS, dijeron todas con terror.

Angelita sonreía y seguía cosiendo, ella ya había encontrado al príncipe de todos los príncipes, al Señor de todos los señores, y sabía que sirviendo a los pobres lo serviría a Él.

Y así fue, durante toda su vida ejerció de Santa, hasta que un día el Señor la llamó a su gran jardín, uno celeste e inmenso, que ninguno de nosotros ha visitado aún, allí tenía preparados para ella unos preciosos zapatitos a juego con un vestido color nieve, el Señor había organizado una gran cena para ella, con una fiesta preciosa donde todo el mundo era feliz. Angelita estaba muy contenta, por fin veía el rostro de su Señor, era lo que había deseado toda su vida. Al finalizar la cena dio comienzo un gran baile, pero Angelita comenzó a dejarse llevar por una extraña melancolía. El Señor la observaba, y no parecía nada sorprendido, conocía el carácter de Angelita y la hizo llamar.

La Santa pensó que el Señor se había enfadado con ella, pues no tenía derecho a estar triste, ¿cómo podía estarlo en su presencia?, se arrodilló ante Él conteniendo las lágrimas.

¿Qué ocurre hija mía? – le preguntó el Señor-

¡Oh Dios mío!, perdóname, es que echo de menos a mis pobres-

El Señor, conmovido, hizo llamar a uno de sus ángeles, “acompáñala a la puerta de palacio” -ordenó Jesús-; tengo otra sorpresa preparada para ella.

En la puerta esperaba nuestra amiga Juana, llevaba en sus manos unas pequeñas alpargatas y un hábito de estameña.

Santa y Giganta volvieron juntas al piquito más alto de la alta torre, desde allí divisaban toda la ciudad, Angelita cuidaba de todos y a veces visitaba a su Señor para que obrara algún que otro milagro urgente. También buscaban desde allí almas buenas, era urgentísimo encontrarlas, pues el mundo comenzaba a perder la sonrisa y los corazones amenazaban con llenarse de odio. Santa y Giganta buscaban incansables aquí y allá, y muchas jóvenes sintieron su llamada.

Desde cualquier punto de la ciudad, si buscas el piquito más alto de la Giralda, podrás ver a Juana y Angelita, agudiza el oído y pon mucha atención puede que te estén preguntando también a ti ¿quieres ser santo?, pues reza mucho, ama a tus hermanos y sígueme.

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